¿El color existe?

Alguien me preguntaba si las ratas (o los perros) ven “a color”…

En realidad el color no existe afuera de nosotros. Es un sistema de “símbolos” que nuestro cerebro desarrolló para aprovecharse de las características de la luz. Así se lo expliqué a un amigo en este texto que escribí:

El color solo existe en el cerebro.

En el álgebra de nuestra mente, la naturaleza le dió el símbolo “azul” a un valor de longitud de onda específico.
El color es un isomorfismo que representa simbólicamente a cierto tipo de acontecimientos del “exterior”, o sea, de lo que llamamos “realidad”.
Es la representación en imagen, o más bien diría en el material de las imágenes, de ciertas características de los objetos y ambientes que nos rodean. Es el “sabor” de la luz (de una parte minúscula del fenómeno “luz”)… algo que representa lo que le es intrínseco, pero que no lo conforma como ser. Algo que lo distingue y que posee, pero que en sí no puede ser percibido sino a través de un mecanismo que decodifique el isomorfismo… nuestro sentido de la vista y su parafernalia de lentes, cables, bastoncillos, transmisores químico/eléctricos y finalmente esa epifanía que llamamos a falta de mejor nombre “imagen”.

El color es pues, un epifenómeno. Un subproducto informativo que se crea después de un proceso perceptivo, pero de forma tan parecida al original que lo generó, solo que con otro cuerpo y materia que nos hace creer que está ahi afuera, tal y cual lo percibimos. Una “sensación”.

Cuando, a través de los ojos, percibimos un color o la falta de color, ya sea de una fuente luminosa o de un objeto material que la refleja (o la absorbe en su totalidad), lo que en realidad sucede es que nuestro sistema de recepción de luz está preparado para recibir solo determinados rangos de frecuencias de onda luminosa a la que nuestro sistema de codificación de información exterior dota de esa singular sensación que llamamos matiz (rojo, azul, amarillo y sus contiguos intermedios).

La luz blanca, que es el total de longitudes de onda que posee un haz luminoso, es reflejado o absorbido de diferente manera por la superficie de diversos tipos de material, dando lugar a un segundo haz luminoso que rebota del objeto. Este haz de rebote tiene la frecuencia de longitud de onda que no fue absorbida por la superficie del objeto, y es la información luminosa que recibe nuestro ojo de ese objeto, dándole un color específico.

Nuestro sentido de la vista es capaz de “identificar” un rango reducido de frecuencias, —solo aquellas que en el transcurso de la evolución se  evidenciaron como necesarias para subsistir como especie en nuestro medio y escala física— y son muchas menos de las que conforman el espectro luminoso, de ahí que ciertos “colores” sean invisibles (o más precisamente, ciertas frecuencias de onda de la luz no tienen un símbolo isomórfico que las represente en nuestro cerebro), así que hay mucha más información ahí “afuera” que la que podemos “colorear”.

El color es percibido por nuestro sistema como una determinada frecuencia de longitud de onda. Para cada cambio en la frecuencia, esto es, para cada diferente porción de información luminosa, nuestro cerebro tiene un símbolo isomórfico, un “sabor visual”, “matiz” o “color” especial, pero algunos seres vivos son capaces de diferenciar cambios de frecuencia o longitud de onda más cortas de lo que hace nuestro cerebro y pueden atribuir un símbolo (color) diferente a grupos de frecuencia más cortos. Es por ello que puedan, por ejemplo, ver más diferencias en los cambios de color de la vegetación, al mismo tiempo de que son “ciegos” a aquellas frecuencias que no les son indispensables para la supervivencia de su especie.

De alguna manera, nos faltan sentidos para percibir en su totalidad la realidad física exterior a nuestra mente. Creo que parte de la actual problemática en la que se haya entrampada la teoría cuántica es aquella que tiene que ver con lo poco que podemos medir (y lo que deduce de ello nuestro cerebro, tanto por lo que toca a cómo está estructurado físicamente como de lo que infiere por los pocos datos que tiene) y que no es suficiente para explicar ciertos comportamientos de la luz o la materia en general.

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